Eutanasia

Eutanasia | El Club Del Viaje Sin Retorno

Abre la enfermera la puerta de madera verde, el color de la esperanza, y al visualizar el interior del apartamento, un escalofrío recorre la espalda del visitante. No ya por saber que en los últimos cinco años 127 personas de todo el mundo, españoles también, han encontrado en este modesto piso de 40 metros cuadrados, en Zúrich (Suiza), la muerte dulce que buscaban. Sino porque el cadáver del último enfermo que tocó el timbre implorando la eutanasia salió por esta misma puerta hace apenas cuatro horas. Es jueves, 3 de octubre, 19.30 de la tarde.

Ya dentro, sobre la encimera blanca de la cocina desnuda descansa un documento de identidad. Erika Luley, la enfermera, lo coge y lo muestra a CRÓNICA: «Éste es el hombre al que he acompañado en el suicidio esta tarde». Se trata de un alemán de 50 años de edad. «Padecía un cáncer de esófago, no podía tragar y tenía que comer a través de una sonda. Sufría mucho, por eso nos pidió que le ayudáramos a morir».

Hace un lustro que Erika, 59 años, y Ludwig Minelli, abogado de 69, fundaron en la ciudad suiza Dignitas, una asociación cuyo lema «Vive con dignidad, muere con dignidad» se lleva a la práctica entre estas cuatro paredes. Según los números de Dignitas, a día de hoy 1.860 personas (ése es el número de socios, de los que 12 son españoles) esperan cruzar algún día este particular corredor de la muerte. El año pasado lo hicieron 50, entre ellos una mujer, A. L, de 78 años, llegada de Mallorca.

«Mi madre padecía un enfisema pulmonar», relata a CRÓNICA su única hija, M.L., de 43 años, desde la isla. «De ser una persona muy activa pasó a estar postrada en una cama, viendo cómo sus funciones vitales se iban mermando día a día. Tomó la decisión de morir y yo la respeté. La acompañé». Madre e hija entraron en este apartamento a las cinco de tarde del 7 de noviembre de 2001. Calle Gertudestrasse, número 84, tercero izquierda, un edificio esquinado, gris, cuadrado y frío pero moderno. Un barrio residencial no muy lejos del centro de Zúrich. A las nueve todo había acabado.

En la cocina, la enfermera Erika prepara café, ofrece unas chocolatinas y comienza a relatar los requisitos que debe cumplir todo aquel que desee morir en la habitación de enfrente. Sólo con ser mayor de edad, pagar una cuota mínima como socio de 18 euros al año y demostrar que se sufre una enfermedad incurable (física o mental), dolores insoportables o una discapacidad grave, basta para que la enfermera te facilite una droga letal. Saca el bote de un cajón debajo de la encimera. «Pentobarbital de sodio», se lee en la etiqueta de un frasco de plástico lleno de unos polvos blancos, finísimos, como harina. «No, no lo abras, no lo abras», advierte ante la curiosidad del extraño.

El modesto apartamento, de paredes blancas y suelo de parqué, podría pasar por un piso de estudiantes. Dignitas lo tiene alquilado por 800 euros al mes. No tiene más dependencias que la cocina, un cuarto de baño y la habitación donde todo acaba. Es una estancia rectangular de unos 25 metros cuadrados, iluminada por un amplio ventanal poblado de plantas.

En la pared de la izquierda, bajo el cuadro de una mujer desnuda («representa la vida», dice Erika), se alinean dos camas. «Una vez acompañé a un matrimonio alemán de 82 y 79 años que, después de 60 años de casados, quería morir juntos», relata la mujer que les proporciona la muerte. «El marido tenía un cáncer en fase terminal y su esposa una enfermedad cerebral grave. Preparamos dos camas para ellos y, aunque al final prefirieron abrazarse en el mismo lecho, las camas se quedaron aquí».

Recostadas en un rincón del cuarto, llaman la atención dos pares de muletas y varios bastones. Erika parece leer el pensamiento: «Pertenecieron a personas que vinieron a suicidarse solas y se quedaron aquí». El alemán que finalizó sus días en esta misma cama a las tres de la tarde también lo hizo en soledad. Llegó con dos amigas, se despidió de ellas y les pidió que se marcharan.No quería que sufrieran viéndolo morir.

En la esquina opuesta de la habitación, hay un equipo de sonido, y un montón de CDs se apilan en el suelo, música clásica y de meditación sobre todo. «Si lo desean les pongo alguno», continúa nuestra guía, «en general están de buen humor antes de morir.Algunos hablan durante una hora o dos, me cuentan su vida. Otros llegan y desde la puerta me dicen que quieren acabar lo antes posible. A veces les preparo café o se fuman un cigarrillo».

Hay quien entra con cosas aún pendientes. Como una señora que solicitó que le dieran tiempo para acabar un libro que tenía entre manos. Tres horas le costó alcanzar la última línea.

La primera vez que M.L, la mallorquina que acompañó a su madre a morir en Zúrich, supo de la existencia de este lugar fue en septiembre del año pasado. Su madre, nacida en Alemania pero afincada en España desde 1966, acababa de regresar de su país natal. Había pasado unos meses allí, confiada en que el clima germano haría algo de bien a sus pulmones. En televisión vio un reportaje en el que se hablaba de Dignitas y no se lo pensó.

Marcó el teléfono de Ludwig Minelli, el presidente de la asociación, y planificó, paso por paso, su propia muerte. Envió una carta (norma de la casa Dignitas) explicando por qué quería morir, remitió todos los informes médicos que certificaban que su mal no tenía cura y esperó la respuesta de Minelli. «Luz verde», le dijo éste vía telefónica.

En septiembre volvió a Mallorca y habló con la hija. «Me dijo lo que iba a hacer, que pensaba morir el 7 de noviembre. Por un lado lo acepté, pero por otro pensé: “Todavía no, todavía no”. Fue tan difícil… La cabeza me decía que sí, pero el corazón que no. Cuando tienes a un familiar muy enfermo sabes que todo se va a acabar en unas semanas o en unos meses, pero conocer la fecha exacta como la supe yo… Que quedan tres días, dos, uno… Eso es muy doloroso, aunque te da la oportunidad de despedirte bien, de decir cosas que de otra forma no dirías. Finalmente le dije que sí, que me parecía una buena solución, pero que no lo hiciera tan pronto. Ella sabía que no podía esperar mucho más porque se quedaría sin fuerzas para viajar hasta Zúrich».

Un día antes de la fecha que la jubilada de 78 años había marcado en el calendario como el último día de su vida, ambas hicieron las maletas. «Me dijo que si yo no quería acompañarla podría ir otra persona, pero ni se me pasó por la cabeza. Lo mínimo que podía hacer era estar allí».

Cogieron un avión sólo hasta Barcelona porque la enferma no aguantaría un vuelo más largo. Luego un tren hasta Milán y otro más hasta Zúrich. Tardaron 24 horas en alcanzar su destino, con cuatro de retraso sobre el horario previsto. «Fue un viaje muy accidentado y me supo muy mal por ella; no tenía que haber pasado ese estrés».Lo que más rabia le dio, se sincera, es que su madre no pudiera solicitar que le practicaran la eutanasia en su propia casa, en España.

Bélgica y Holanda son los dos únicos países del mundo que han legalizado la eutanasia. Y si Dignitas existe en Suiza es gracias a un resquicio legal, el artículo 115 del Código Penal helvético: «Cualquiera que por motivos egoístas instigue al suicidio o preste ayuda será castigado, si el suicidio ha sido consumado o intentado, con prisión de hasta cinco años». De lo legislado se desprende que no habrá pena si se ayuda a otro a morir de modo totalmente altruista.

Dignitas no cobra por sus servicios, salvo la cuota anual que pagan los socios. Todas las personas que colaboran con la asociación -los médicos que recetan la droga mortal, los psicólogos que examinan al suicida y las enfermeras y los voluntarios que los acompañan en el trance final- no reciben ningún pago por ello.Por eso su conducta no puede ser tachada de delictiva.

Aunque también es cierto que la asociación recibe jugosas donaciones de sus socios, agradecidos porque les faciliten el último viaje.«Nunca pedimos nada», explica el propio Minelli, «a veces realizamos el servicio sin otro pago que la cuota de socio, pero en otras ocasiones, más tarde, nos llega una cantidad».

En la misma cocina donde tomamos café, Erika Luley suele escenificar el ritual de la preparación de la droga. Mezcla en un vaso agua y 15 gramos de pentobarbital y le da vueltas. El suicida debe coger el recipiente con sus propias manos y tomarse el contenido sin ayuda. Si alguien lo hiciera por él, la muerte sería considerada un asesinato.

El alemán que se ha suicidado hace unas horas sólo podía alimentarse a través de una sonda conectada a su estómago. Así que ha tenido que valerse de una jeringuilla. «Mira, una como ésta», dice Erika abriendo de nuevo un cajón de la cocina, «tuvo que empujarla él mismo porque nosotros sólo estamos para acompañar».

La enfermera, una mujer alta y atlética, de ojos azules y pelo gris, lleva 20 años cuidando a enfermos terminales. En los últimos cinco, como acompañante (que así le gusta llamarse) de suicidas en Dignitas, ha visto, a pie de cama, historias estremecedoras.Hace tres meses preparó el brebaje para un joven de 32 años que sufría desde los 14 una enfermedad mental incurable.

En otra ocasión, para un joven alemán de 34 años, profesor de Educación Física con esclerosis múltiple. Había escrito una carta a Dignitas contando que su madre ya no podía cuidar de él, que lo iban a ingresar en una institución y a conectarlo permanentemente a una máquina. «Y la semana pasada un hombre alemán viajó durante 10 horas en tren para poder llegar aquí. Tenía un cáncer en la cara y como su rostro estaba destrozado hizo el trayecto cubierto con un pañuelo».

LOS QUE SE ARREPIENTEN
No todos los que han entrado aquí con la intención de morir se atrevieron a dar el último paso. Entre los arrepentidos figuran una alemana que regresó dos semanas después, una libanesa que aplazó el suicidio tres meses y un alemán del que nunca jamás se supo. De hecho, el año pasado 40 de los socios de Dignitas fallecieron en sus casas por causas naturales.

La mallorquina no dio marcha atrás. A las cinco de la tarde del 7 de noviembre, M.L y su madre vieron por primera vez a Ludwig Minelli. Hasta entonces cualquier comunicación con él y todas las gestiones se habían realizado por teléfono o por correo.Las recibió en su casa, que hace las veces de sede de la asociación.Dignitas no cuenta con más infraestructura que el despacho de Minelli y el apartamento de la calle Gertudestrasse, utilizado, exclusivamente, para morir. Ya en persona, un médico se cercioró de que la suicida era enferma incurable y deseaba la muerte.

A las 19.00 horas Minelli las acompañó hasta el piso. «Mi madre entró caminando por su propio pie. A las nueve o así se tomó la bebida. Lo que pasó allí y lo que me dijo antes de irse es una cuestión muy íntima que me guardo para mí. Estuve con ella hasta el último momento. Fue como si se quedara dormida, hasta que el corazón…», interrumpe el relato, aún conmovida, M.L.

Cumplido el deseo, desaparecida cualquier señal de vida, la enfermera descuelga el teléfono y marca el 117, el número de la Policía de Zúrich. Comunica que en el apartamento acaba de fallecer una persona en un suicidio asistido y enseguida se presentan los agentes, acompañados por un médico y un juez. Tienen que comprobar que la muerte ha sido, efectivamente, un acto voluntario.

Por si queda alguna duda, el suicida ha dejado constancia escrita de su última voluntad. Todos deben rellenar el impreso que hoy sostiene Erika entre las manos, un folio amarillo, en el que se lee en francés: «Declaración de suicidio. Yo…. decido efectuar hoy día… mi suicidio. Y declaro no hacer a Dignitas responsable si, con la ayuda de la persona de esta asociación y de la sustancia administrada, el suicidio no tiene éxito».

Pese a todas estas precauciones legales, la actividad de Dignitas no está exenta de polémica. Hay quien no ve con buenos ojos la enorme afluencia de suicidas extranjeros (de los 50 muertos el año pasado, 39 eran de fuera) y ya se habla de Zúrich como capital del «turismo de la muerte». Una jueza del cantón de Appenzell incluso ha intentado cerrar la frontera con Alemania para los suicidas. Trata de evitar que logren llegar al piso de Zúrich.

Las asociaciones pro vida comparan el quehacer de Dignitas con el programa nazi para exterminar a los enfermos mentales y discapacitados.Y las autoridades judiciales de Zúrich, a instancias del fiscal Andreas Brunner, han estado investigando el suicidio de varias personas que sufrían enfermedades mentales. «Algunos casos», ha declarado Brunner, «carecen de un historial médico lo suficientemente detallado y debemos preguntarnos si han sido capaces de tomar una decisión racional sobre su muerte. En ocasiones es imposible tener la certeza».

A todos Minelli les responde que, antes de facilitarles el suicidio, los enfermos mentales son estudiados con lupa. Se les examina con un mes de antelación, se verifica que la capacidad de discernimiento del solicitante está intacta y que no ha sido influenciado por terceras personas interesadas en su muerte. Si hay la más mínima duda, aseguran, se les dice que no.

Desde hace más de un mes, Andreas Brunner («estamos muy preocupados por el turismo suicida», ha dicho el fiscal), tiene requisado el cadáver de uno de los fallecidos en el apartamento porque un miembro del equipo de Dignitas, presente en el suicidio, se niega a presentarse en la fiscalía para explicar cómo se produjo, exactamente, la muerte. «Le hemos enviado un documento donde se detalla todo y pensamos que con eso es suficiente», explica Minelli. «Me niego a tener que realizar una declaración y ellos se niegan a enterrar el cadáver».

MEJOR POR LA TARDE
Aunque abierto las 24 horas, los responsables de Dignitas suelen citar a los suicidas a primera hora de la tarde: «Se puede elegir el día y la hora, incluso los domingos. Pero preferimos que sea hacia las dos o tres de la tarde porque a la policía no le gusta desplazarse durante la noche», explica Erika Luley.

Si no hay problemas con la Justicia, el cadáver toma sepultura o se incinera, como sucede tras cualquier defunción. La asociación se encarga de gestionarles todos los trámites a quienes llegan solos y también a las familias extranjeras que lo solicitan.Si así lo quieren, hasta les envían las cenizas por correo.

M.L. las recogió en persona, una semana después del suicidio, junto con el certificado de defunción en el que no figura la causa que condujo a su madre a la muerte. Antes de volver a España, fue a visitar a sus familiares en Alemania, los hermanos de su madre que no sabían que la anciana había fallecido. Menos aún la forma en la que lo había hecho. Después de contárselo, esparció las cenizas en los lugares que su madre le había indicado. Todo tal y como ella había querido. Antes, durante, y después de la muerte.

Con esta misma filosofía, la de poder decidir tu hora final, Manel Méndez contactó hace tres meses con Dignitas en su dirección de correo electrónico (dignitas@dignitas.ch). Hoy este catalán, auxiliar de clínica, de 38 años, es uno de los 12 socios españoles.Tiene una salud de roble, pero también una firme idea de lo que debe ser la muerte: «Vi a mi abuelo agonizar durante meses por un cáncer terminal y eso me ha marcado. Siempre me he preguntado por qué a nuestras mascotas, si es necesario, les damos una muerte digna y no nos procuramos el mismo final para nosotros. Si alguna vez lo necesito, por supuesto que llamaré al doctor Minelli».

Los vecinos del apartamento de Zúrich no parecen molestos con lo que se hace tras sus muros. «Es muy bonito que puedan morir así», dicen dos empleadas, entradas en los cuarenta, que trabajan en una empresa de artes gráficas, justo enfrente. Aunque algunos ni siquiera saben de su existencia. Como un pareja joven, que vive a 20 metros del piso de Dignitas. «No estábamos enterados, pero si lo hacen con discreción no nos parece mal».

Cae la noche en la calle Gertudestrasse. Erika Luley se despide y su figura se difumina en la lejanía. Esta misma semana volverá a abrir la puerta verde del piso de Dignitas. Hay otra persona que ya le ha puesto fecha al fin de su vida.

LA ESTADÍSTICA DEL AÑO 2001
Miembros de Dignitas que practicaron el suicidio asistido: 50 (11 de Suiza, 31 de Alemania, 2 de Francia, 1 de Grecia, Israel, Italia, Líbano, Austria y España). Razones para tomar la decisión de morir: cáncer (11), enfermedades neurológicas (10), dolor incontrolable (8), enfermedades psicológicas y/o parapléjicas (3), ahogos (2), demencia senil (2), sida (1). Número de socios: 1.081 (hoy son 1.860). El miembro más viejo nació en diciembre de 1907, el más joven, en julio de 1982. Fallecidos ese año por muerte natural: 40. Distribución geográfica de los socios: Suiza (583), Alemania (413), Francia (47), Austria (17), España (3, que han subido hasta los 12 actuales), Suecia (3), EEUU(3), Inglaterra (2), Holanda (2), Hong Kong (1), Perú (1), Polonia (1) y Sudáfrica (1). De todos ellos, 730 miembros han redactado ya sus instrucciones o testamento vital.